Del “frictionless sharing” al “frictionless thinking”

Facebook lanzó una nueva función a finales del año pasado. Bajo el nombre de frictionless sharing (compartir sin fricción), dieron paso a un nuevo tipo de aplicaciones vinculadas a proveedores de contenido (generalmente medios de comunicación) que compartían nuestra actividad automáticamente con nuestros contactos en la red.

El resultado no ha sido sólo que el timeline de Facebook se ha llenado de una actividad de mis amigos que puede no interesarme. Que Ana haya leído un artículo sobre cómo alimentar cachorros de perro en The Washington Post o que Pedro siga la liga de rugby a través de The Guardian no tiene por qué merecer mi atención. De hecho, vivía mejor sin conocer esta información.

Observo también que la automatización de la capacidad para compartir en la Red, el frictionless sharing, ha cambiado mi relación con mi red social de una forma que no me gusta. Por alguna razón, donde antes mis amigos y conocidos solían responder a la pregunta de Facebook “¿qué estás pensando?” con, precisamente, sus ideas, reflexiones o actividades del momento, ahora sólo encuentro un registro de su actividad por Internet cada vez más empobrecido y carente de interés humano. Mi posible interacción con ellos se ha reducido a que me gusten sus enlaces, ignorarlos o comentarlos de pasada. Y estos son cada vez más «blandos«, más políticamente correctos, anecdóticos o simplemente irrelevantes. Hay menos espacio para la discusión y creamos una falsa sensación de estar todos de acuerdo.

Este empobrecimiento enlaza con la preocupación de la consultora Amber Naslund acerca de la confusión entre content curation y mera distribución. Amber Naslund recuerda que la curación no es algo que “hacemos todos”. Curar bien un contenido requiere en primer lugar, una intención. En segundo lugar, un enfoque propio y el criterio suficiente, y esta es la clave, para descartar información o ser capaces de justificar por qué damos credibilidad a lo que aportamos. Automatizar o simplemente compartir todo lo que leamos sobre un tema no es curar. Se llama distribución y el beneficio no se lo lleva el lector, sino el creador del contenido que amplificamos.

Durante las últimas dos décadas la Red nos ha estado cambiando. A cada nuevo uso o capacidad que nos daba, alterábamos nuestra forma de comportarnos y de relacionarnos con nuestros contactos y, a medida que la Red se convertía en nuestra ventana a la realidad, con el mundo.

Pero la llegada del content curation significa que estamos reconquistando el mar de información que es Internet. Queremos encontrar lo mejor y queremos fuentes que, exactamente igual que en el buen periodismo, sean capaces de discernir lo útil del ruido y no sólo nos lo acerquen, sino que lo relacionen con otras informaciones y las preserven en la tormenta de cifras que es la Red.

De esta forma, el origen museístico del content curation entronca con el presente periodístico: se trata de preservar lo actual en un mundo en que lo viejo puede tener tan sólo 12 horas de antigüedad, mientras que lo relevante puede llevar años al alcance de nuestro ratón sin que lo veamos.

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