The New Yorker apuesta por la calidad para engordar su audiencia

The New Yorker

Hace un año ‘The New Yorker‘, como parte de una estrategia para relanzar su versión web y llegar a nuevas audiencias, jubiló su sistema de pago y puso sobre la mesa, al alcance de cualquiera, un suculento archivo de historias desde 2007 en adelante. El acceso a todos los contenidos de la prestigiosa revista fue gratuito durante cinco meses, una oferta demasiado tentadora teniendo en cuenta la innegable calidad del contenido y el atractivo que suponía saltarse un ‘paywall’ que hasta julio tan solo permitía ver gratis un 25% de todos los contenidos de The New Yorker. Completado el experimento, la revista regresó a un nuevo (mejorado y mixto, con solo 6 historias gratis al mes) modelo de pago habiendo aprendido unas cuantas lecciones valiosas en el proceso. ¿Funciono? Sí, pero no completamente. O al menos, no del modo que ellos esperaban.

Su editor Nicholas Thompson explica en NiemanLab un proceso curioso. «No hubo un aumento masivo de lectores entre julio y noviembre. Hubo crecimiento, pero no un gran crecimiento. Lo extraño es que cuando volvimos a lanzar el ‘paywall’ fue cuando se produjo un gran aumento». Desde enero, los visitantes únicos han crecido en un 30% desde el año pasado y el número de lectores de pago en un 80%. Todo desde que regresó el modelo de pago.

Nicholas Thompson cree que el secreto del éxito está en la calidad de sus historias. Lo explica en este artículo para Poynter. Ahora son más rápidos escribiendo historias para la web, han pulido su estrategia de distribución en redes sociales, han optimizado el contenido para Google, pero su principal baza es la misma que hace 90 años. «La estrategia principal para aumentar nuestra audiencia es publicar más y mejores historias», explica. «Lo más alentador que nos estamos encontrando es que las historias de las que estamos más orgullosos, en las que hemos puesto más esfuerzo, atraen a más lectores»

El ritmo de publicación de The New Yorker se ha consolidado en unas 15 piezas diarias, seis de ellas gratuitas, un descenso apreciable desde las 50 diarias que se marcaban como objetivo hace tan solo un año. La revista ha aprovechado los meses de cavilaciones sobre la estrategia para analizar a su audiencia y se ha dado cuenta de que quieren calidad. Para ofrecerla, le están dando más peso a los colaboradores habituales (una de las señas de identidad del medio), aprovechan su amplio archivo y han fabricado una buena estrategia en redes para ganar visitas con hitos puntuales (Thompson pone como ejemplo un artículo de 1946 sobre Hiroshima rescatado con éxito para la era social con motivo del 70 aniversario del desastre nuclear).

The New Yorker también ha invertido en músculo para la redacción, contratando a dos nuevos editores. “Queremos un sitio donde tengas suficiente para leer, pero no queremos dártelo todo«, explica Monica Ray, vicepresidente de marketing de Condé Nast. El proceso de cambio en The New Yorker, de lo cerrado y exclusivo a lo social y abierto, pero sin perder las señas de identidad que han marcado su personalidad, su éxito, desde el primer minuto, ponen sobre la mesa una valiosa lección para el resto del negocio.

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