La ponencia de George Colony, director de Forrester Research, en LeWeb París el pasado diciembre ha resucitado la polémica sobre el papel de las aplicaciones (apps) en el futuro de la Red. Es un viejo debate que resurge ocasionalmente en la Red y que el experto tecnólogo Mathew Ingram ha resumido bastante bien.
La intervención de Colony señalaba que tanto la capacidad de los procesadores como la de almacenamiento de nuestros ordenadores y gadgets se duplica ya cada poco tiempo. Al no ocurrir lo mismo con el ancho de banda, pronostica que Internet tendrá que cambiar a un entorno de web-apps o apps dedicadas a representar los resultados de operaciones realizadas en la nube. De esta manera, se maximiza el uso de todos los recursos. Es decir, que el futuro estaría en las apps.
Ha recibido varias respuestas, entre ellas, que las aplicaciones tienen la gran desventaja de no enlazar de un lugar a otro y de ser entornos cerrados, en contraste con el navegador, con el que el usuario puede ir donde quiera y hacer lo que le plazca. El debate ha derivado en discusiones sobre el papel del navegador, la ventaja o amenaza de los entornos cerrados, la inutilidad de las apps o si el futuro de la Red es simplemente social.
Las aplicaciones no son un concepto nuevo. Llevan toda la vida en nuestros discos duros. La novedad es que las hemos troceado para adaptarlas a un nuevo tipo de aparatos móviles y les hemos bajado el precio. Poco a poco, este modelo está regresando a los ordenadores de sobremesa, gracias a la ventaja que suponen los micropagos. ¿Por qué pagar 300 euros por un paquete de ofimática cuado sólo necesito un procesador de textos? Pues lo compro por 15 euros. Cuando las aplicaciones realizan las tareas para las que fueron adquiridas, todo va bien. Y siempre ha sido así.





