Alex de la Iglesia y la Ley Sinde, el dilema del prisionero y el sentido común en un consumo del cine más social

Hace ya más de dos años, proclame que la gente del cine español no conocía el dilema del prisionero, y que por ahí estaban perdiendo la posibilidad de entender los cambios que se estaban produciendo en la manera cómo los espectadores querían consumir cine. Estaba equivocado. Ahora sé que hay alguien que sí lo entiende. Alex de la Iglesia ha vivido en plenas carnes el dilema del prisionero desde el momento en el que decidió dialogar y entender por qué había gente que entendía que la Ley Sinde no había por donde cogerla.

(…) la estrategia a seguir por parte de dos prisioneros que han sido arrestados para obtener un mejor trato de la policía bajo unas premisas. Como los presos están separados e incomunicados deben decidir qué hacer pensando en lo que vaya a hacer el otro (ver gráfico de opciones y resultados). Vistas las mismas, lo normal es que el sentido común te haga enfrentarte a tu colega y delatarle ya que el trato de la policía es el mejor. ¿Y si los dos hacen lo mismo? Resulta que el resultado mejor es el peor posible. ¿Qué hacer entonces? No delatar al otro prisionero ya que al menos así se obtendrá el mal menor minimizando el castigo. Es decir, optar por la opción que a primera vista no parece la mejor.

Del diálogo que estableció con la otra parte, pasó de desarrollar un discurso intrasigente sobre la conveniencia de la ley, a entender que el objetivo no era imponer. Al contrario, era buscar una ganancia para las dos partes en conflicto: cineastas y espectadores. Es decir, aprendió a saber escuchar. Exactamente igual que el beneficio que uno saca al aplicar dentro del dilema del prisionero, por ejemplo, el equilibrio de Nash. Ahí fue cuando Alex de la Iglesia entendió que el sentido común no se estaba utilizando.

En teoría de juegos se define este equilibrio como un modo de obtener una estrategia óptima para juegos que involucren a dos o más jugadores. Si hay un conjunto de estrategias tal que ningún jugador se beneficia cambiando su estrategia mientras los otros no cambien la suya, entonces ese conjunto de estrategias y las ganancias correspondientes constituyen un equilibrio de Nash. (…) El mejor resultado no es producto de que cada uno en el grupo haga lo mejor para si mismo, la opción correcta o la que daría el mejor resultado vendría a ser producto de que cada uno de los miembros del grupo hagan lo mejor para si mismos y para el grupo. Es decir, colaborar.

Desde su Twitter empezó a aplicar puro Sentido Social (sumando a ello dosis de racionalidad y mentalidad abierta), refrendado en su último discurso como presidente el día de la entrega de los Goya. Buscó la reacción de la Academia, que despertase y entendiese que no había una única solución.

Ahora, la comunicación debía ser bidireccional, lo estaban diciendo los espectadores desde sus medios. Los académicos debían ser por una vez sociales, que creyesen en el postulado básico de lo que defendía el dilema del prisionero (beneficio mutuo, sin vencedores y vencidos). Por ahí es por donde debemos entender su afirmación: Internet es nuestra salvación (se han respetado las mayúsculas de su discurso).

No podemos olvidar lo más importante, el meollo del asunto. Somos parte de un Todo y no somos NADIE sin ese Todo. Una película no es película hasta que alguien se sienta delante y la ve. La esencia del cine se define por dos conceptos: una pantalla, y una gente que la disfruta. Sin público esto no tiene sentido. No podemos olvidar eso JAMÁS (…) Nada de lo que valía antes, vale ya. Las reglas del juego han cambiado. Hace 25 años, quienes se dedicaban a nuestro oficio jamás hubieran imaginado que algo llamado INTERNET revolucionaría el mercado del cine de esta forma y que el que se vieran o no nuestras películas no iba a ser sólo cuestión de llevar al público a las salas. Intenet no es el futuro, como algunos creen. Internet es el presente. Internet es la manera de comunicarse, de compartir información, entretenimiento y cultura que utilizan cientos de millones de personas. Internet es parte de nuestras vidas y la nueva ventana que nos abre la mente al mundo. A los internautas no les gusta que les llamen así. Ellos son CIUDADANOS, son sencillamente gente, son nuestro PUBLICO. Ese público que hemos perdido, no va al cine porque está delante de una pantalla de ordenador. Quiero decir claramente que NO TENEMOS MIEDO a internet, porque internet es, precisamente, la SALVACION de nuestro cine.

El perder el miedo al que hacía referencia Alex de la Iglesia entronca de pleno con la discusión sobre ese ogro llamado descargas, en un debate que está mal planteado, porque el conflicto lo centramos en temas legales, cuando en realidad se trata de asuntos sociales, o de interpretaciones de un “uso justo” o no del material que se intercambian las personas, como copia privada y sin ánimo de lucro.

Apuntó Isabel Coixet, en la misma línea que el discurso de Alex de la Iglesia, pero con unos días de antelación, una interesante reflexión en ‘Si estás muerto, ¿por qué bailas?‘:

El espectador de hoy, mientras ve una película en su ordenador, come, fuma, twitea, contesta correos, cuelga comentarios en los muros de los amigos. Así son las cosas. La relación entre lo visible y lo invisible se ha modificado. La noche artificial en la que te sumerge una película vista en una sala no tiene ya el carácter sacro que tenía para muchas generaciones de espectadores. Esa banalización del disfrute, unida a la asombrosa ceguera de avestruz de los canales de distribución, que si viven en el mismo planeta que los espectadores lo disimulan muy bien, hace que el acto de descargar una cinta no cree ningún problema en los internautas. Una película en este momento de la historia es un entretenimiento escasamente relevante comparable a unos cromos de un álbum que no nos emocionan especialmente y que se cambian cuando uno ya los tiene repetidos o medio vistos. Las películas ya no modelan nuestros puntos de vista sobre el amor, la política, la historia, las relaciones: han dejado de ser fundamentales. Ignorar esta disminución de la influencia del cine en la vida es algo que los cineastas no podemos permitirnos ignorar. La nostalgia, aunque inevitable, es un error (Simone Signoret dixit) que puede costarnos la supervivencia.

Si interpretamos todo como un problema de perseguir a quien descarga, continúa por ahí su punto de vista la cineasta, quizá la ley no debería ser Sinde, ni verse involucrado el ministerio de cultura. Si hacíamos el camino por ese derrotero, debía ser el ministerio de industria quien debería gestionar la ley. Nos debemos a los ciudadanos, ellos son los que hacen que nuestro trabajo, por Isabel o Alex, se vea y crezca en difusión, que es en el fondo para lo que un ministerio como el de cultura fue creado: promoción de nuestros valores culturales. Regularizar y decir cómo y cuándo debemos ver cine, escapa a sus atributos. Si el producto gusta, todo el mundo lo demandará y pedirá más de lo mismo, ¿o el liberalismo está equivocado?

Si regrasamos a la idea de la teoría de los juegos, no estamos ante un juego de suma cero. Al contrario, nos enfrentamos más a lo que Nash defendió con su equilibrio: cooperar para ganar ambos. Es decir, los defensores de la ley creen que esta disputa entre ciudadanos y creadores, la definición de creadores queda en entredicho en una Internet social como la que vivimos, es una disputa donde tiene que haber un vencedor, ellos, y un perdedor, los ciudadanos que deciden en libertad consumir y descargar para su uso privado determinados productos. Quien piensa lo contrario a los creadores, como Fernando Trueba, dan por repuesta un insulto a la mano que mece su cuna, porque no valora que las leyes de mercado determinan que antes se quiere saber si el trabajo que me ofrecen merece la pena. Seguramente, Trueba, cinéfilo empedernido, tuvo que cultivar su amor por el séptimo arte de alguna forma, videoclubes, copias, etc… de la misma manera que ahora el cinéfilo decide consumir parte de su obra con los medios que tiene a su alcance. La gente decide con mucho cuidado qué ver, porque no es esclavo del marketing y la información no está en poder de una parte. Hay reparto. Hay cooperación y datos que se comparten.

Por eso, y es el error que también comete Fernando Savater, y en el que incurren muchos otros creadores, no podemos seguir manejando el concepto de átomos y bits para explicar por qué unas cosas se pueden descargar y otras no, o porque hay ciudadanos buenos y malos. Si Savater, y es lo que explica en su columna, no encontró respuestas a las palabras del discurso de los Goya, demuestra que sigue sin enterarse, sobre todo, cuando la ley Sinde no puede ser el comienzo de algo, si está planteada mal desde su creación. Un principio de suma cero, en esta sociedad ya no vale. Quizás a ambos, Savater y Trueba, les convendría, como sí hizo Alex, de ahí la diferencia que no entienden, sentarse con los ciudadanos, quienes valoran su trabajo, para conversar y comprender los puntos de vista de quienes les llevan la contraria, como defiende el propio Savater en su columna con el problema vasco (¿?) o entender el porqué el ex director de la Academia de Cine sí cambió de opinión y parecer.

Ventajas de ver el mundo con otro prisma, pensarán todas las personas que utilizan Internet y comparten archivos. Puro sentido común y sentido social, apuntamos nosotros. Una ecuación y un juego que se ha demostrado muy fácil de llevar a la práctica, si una de las partes no quiere un resultado de suma cero y sí el más que razonable equilibrio.

Vía | Uruloki
Más información | Game Theory (studio), Game Theory en google, The Evolution of Cooperation (Robert Axelrod)
En La nueva industrial audiovisual | Goddard y Coppola en medio del ruido 
En El blog salmón | Estudio sobre el impacto positivo de las descargas digitales sobre la economía

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